¿Y yo qué puedo hacer?

Ahora que vienen días de alud consumista, de avalancha de “yo quiero” y “dame más”, sería importante que todos, niños y adultos, nos hiciéramos la pregunta que abruma al señor Equis en este bellísimo y necesario relato, donde el compromiso ético y cívico del individuo en sociedad, el altruista propósito del “¿y yo qué puedo hacer?”, engulle sin contemplaciones al nocivo y egoísta “¿y yo qué (más) puedo tener?”.

Poco parece, en efecto, querer tener el protagonista de esta historia, aparte de su soledad. Sólo su perro le acompaña por los ocres paisajes de una populosa ciudad cualquiera; sólo el periódico mañanero, que lee “sin saltarse un punto ni una coma”, le dice cosas mientras desayuna. Pero una pregunta ha venido de no se sabe dónde a moverle, a conmoverle…

La maestría narrativa de José Campanari (todos sabíamos que cuando la excelente generación de narradores orales que hoy tenemos irrumpiera en el panorama editorial, el campo de cultivo del álbum ilustrado iba a verse poderosamente fertilizado) encuentra cobijo en el onírico espacio diseñado por Jesús Cisneros. Así, las figuras medio flotantes, que parecen estirarse como chicle, dialogan de una manera muy natural con un texto a la vez ensoñador y comprometido, y de esa conjunción nace un fruto inolvidable, uno de aquellos para ser degustados incansable e intemporalmente.

Para terminar, me gustaría proponer a los adultos que a su vez propusieran a los niños escribir este año una carta paralela a los Reyes Magos, encabezada por el título de este cuento de Campanari/Cisneros. Que junto a la lista de peticiones de la carta tradicional, se hiciera otra con una lista de compromisos. Y que Melchor, Gaspar y Baltasar fueran también los encargados de velar por su cumplimiento.

Memorias de una gallina

Huida, sometimiento o lucha. Escapismo, conformismo o compromiso. Tres respuestas ancestrales (animales y humanas) ante la amenaza. Y cuán amenazante es ese aparente bienestar de una sociedad en la que se trata de imponer, a la fuerza o subrepticiamente, la uniformidad. Pero la gallina Carolina supo, desde que rompió el cascarón, que elegiría la última de las tres opciones.

En la vida gallinácea, como en la humana, se puede nacer libre y ser libre para siempre. Por eso Carolina no se contentará con ser lo que los demás, contra su voluntad, quieren que sea; ni aceptará lo que las leyes de la costumbre le dicten. La actitud independiente, inconformista y luchadora de esta memorable plumífera le acarreará muchos problemas entre sus congéneres; mas si todo acto tiene su consecuencia, toda empresa justa obtiene también su recompensa…

Concha López Narváez introduce hábilmente en esta obrita algunos de los elementos propios de la fábula alegórico-social, subgénero cuyo paradigma encontramos en Rebelión en la granja, de George Orwell. Están así presentes ciertos temas obligados, como el liderazgo social (Carolina), la explotación del obrero (el traslado de la granja rural al ponedero industrial) o la lucha contra los privilegios aristocráticos (el Marqués desplumado); aunque aquí, a diferencia de la sátira orwelliana, triunfarán definitivamente los grandes valores sociales: la igualdad, la justicia y la fraternidad. Todo ello, eso sí, a costa de que el relato vaya sacrificando poco a poco el humor y la frescura con que se inició y la peripecia quede al final reducida a una concatenación de episodios, interpretados con fidelidad al texto por las sutiles acuarelas de Juan Ramón Alonso.

Es probable que los más pequeños sean los que se queden con la aventura episódica, mientras que los no tan pequeños vislumbren o lleguen a descubrir ese trasfondo de denuncia social contra los totalitarismos y los sistemas opresivos que cercenan la libertad individual. A este respecto, quizás interese el dato de que el Servicio de Orientación a la Lectura (SOL) de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez recomienda el libro para lectores a partir de los nueve años.

El hombrecillo de papel

En los tiempos antiguos, los dioses modelaban hombres de barro a los que luego insuflaban el aliento vital. Tiempo después, un rabino de Praga quiso jugar a ser Dios, pero su criatura protectora se le escapó de las manos y resultó ser un monstruo amenazante para la comunidad. En los tiempos modernos, una niña anónima anda buscando un amigo para entretenerse, pero no tiene barro: ¿valdrá una hoja de papel de periódico? A diferencia del Golem judío, este hombrecillo hecho de letra impresa sí ha venido al mundo para proteger a la humanidad, pero ha nacido lleno de noticias malas. Si quiere inundar de bondad los corazones de los niños, tendrá que pasar antes por la lavandería…

Quien haya tenido el placer de conocer a Fernando Alonso, autor e ilustrador de este librito que está en las más prestigiosas listas de honor de la literatura infantil, sabrá que es también un hombrecillo sencillo y bueno (o quizá es que él es su mismo personaje). Quien sólo conozca su obra, sabrá en todo caso apreciar su característico estilo poético-simbólico, que en esta variante moderna de los mitos creacionales le sirve para contagiar a los lectores de ciertas esencias de la vida que en realidad son las que sostienen nuestro mundo.

En Internet puede encontrarse más de una actividad escolar relacionada con el libro, además de la guía de lectura que ofrece gratuitamente el CEPLI. Y hay colegios que, incluso, se han atrevido con una recreación audiovisual, tal vez inspirándose en la candidez del los trazos “escolares” del propio autor, pero sin acercarse a la fuerza de los collages que también ilustran el libro, nada pacatos a la hora de mostrar la barbarie humana a los pequeños lectores.