Discurso del oso

Veníamos hablando de osos…
El Discurso del oso, de Julio Cortázar, ambientado a todo color y a toda página por uno de mis ilustradores infantiles favoritos, Emilio Urberuaga, juega, desde mi recreación lectora, con la polisemia de la palabra discurso. Por un lado, la acepción que a todos se nos viene a la cabeza: discurso como ‘plática dirigida a la audiencia’. Por otro, el sentido general, del que la acepción anterior parte para desarrollar un sentido figurado: ‘acción y efecto de discurrir, de pasar algo por algún sitio’ (y cabe aquí también un nuevo sentido figurado: el paso de la palabra por la mente, discurrir en el sentido de ‘pensar’).
Un oso extravagantemente rojo y divertidamente amorfo, con la discreta compañía de un gato y un ratón (que no juegan al gato y al ratón), habla, pasa y piensa por las tuberías de una ciudad de gentes solas que bien podría ser cualquiera, pero que Emilio ha querido que sea el París más bonaerense y más cortazariano. A este respecto, léase la reseña de este mismo libro por Mónika Klibanski y su explicación, en nota al pie, del guiño en la primera doble página a la tanguería El Trottoirs.

El oso de Cortázar-Urberuaga (maravilla es el arte, que reúne lo irreal con lo real, la muerte con la vida) no es aquí el personaje fantasmal que viene a derribar los cimientos de la anodina y aparentemente segura cotidianidad con su inquietante presencia ausente. El oso de Cortázar-Urberuaga, en su discurrir, en su discurso, solo quiere llevarnos a su terreno y que miremos con sus ojos, que tomemos su perspectiva, que trepemos con él a los tejados y recorramos con él las tuberías que conducen al desamparo humano y urbanita.  El oso de Cortázar-Urberuaga no es más que un ser alegre, ágil y pequeño que espía el mundo de los seres tristes, torpes y grandes. Para tenerles lástima, sí, pero también para dejarles cada mañana un tímido regalo fraterno, “vagamente seguro de haber hecho bien”.