La caricia de la mariposa

Frente a propuestas mucho más descarnadas (y no pretendo hacer un chiste con el adjetivo) de abordar el tema de la muerte en el álbum ilustrado (pienso, claro, en El pato y la muerte de Wolf Erlbruch, que a mí me resulta extremadamente tétrico), Christian Voltz opta aquí por la visión amable, entrañable, simpática y hasta humorística, construyendo en La caresse du papillon una historia que respira vida (y no es paradoja) por todos los poros de la tierra.

En realidad, estoy pensando ahora que la comparación no es válida. En el álbum de Erlbruch, la muerte es el tema y es el personaje. En el de Voltz, la muerte no es el tema, la muerte ya sucedió, es el antecedente de la historia. De lo que nos habla, de lo que les habla a los niños, es de la presencia en espíritu de los ausentes queridos: una presencia viva, cercana, colaboradora (o divertidamente restrictiva: nada de vino mientras se trabaja) y siempre suave, como caricia de mariposa, sólo perceptible a los seres sensibles.

Y toda esta carnalidad, esta calidez, la consigue el creador francés con su técnica habitual, que en principio podría parecer fría. Se trata de fotografiar unas composiciones realizadas por medio de alambres y trozos de madera carcomida para delinear los cuerpos; de ojales y arandelas (qué mejor) para los ojos; de utensilios metálicos oxidados transfigurados en otra cosa (un tenedor para rastrillo, un candado para regadera…); y de trocitos de tela para los detalles más sutiles: el vino (que yo, si fuera el nieto, devolvería al pobre abuelo) y las alas de la mariposa, personaje mágico de ultratumba que actúa como nexo entre el mundo de los vivos y el de los que no quieren vivir por siempre bajo tierra, con los gusanos y las lombrices, con el miedo que dan esos bichos…