Días de Reyes Magos

Abrir esta novela, galardonada en 1998 con el Premio Lazarillo y al año siguiente con el Nacional de Literatura Infantil y Juvenil, es descorrer el telón calderoniano del gran teatro de la vida. Prepárense, pues, los lectores para asistir a la función, no sin antes conocer a los dramatis personae y al plantel de actores y actrices que los representan. En el papel del marido ausente, bohemio, bebedor y alérgico a la disciplina laboral, tenemos al padre del protagonista: todo un espíritu libre y poético, ágrafo creador de memoria prodigiosa y bagaje de lecturas descomunal, que defiende «la construcción de un mundo justo y acabado, donde no hubiera muerte, ni llanto, ni trabajo, ni dolor», pero le ha tocado vivir en el mundo opuesto, donde sólo su desplante cínico y sarcástico ante la vida parece salvarle, en principio, del desencanto y la frustración. Frente a él, la esposa soñadora, pedidora de deseos incumplidos y resignada a su suerte, papel desempeñado por la madre. En el papel estelar, el hijo de ambos, un joven inteligente pero iletrado, que huye de un hogar semirroto en busca de no sabe bien qué. A su lado, el personaje antagónico: la amiga culta y sensible, la joven de corazón abierto y «piel a prueba de adjetivos», que trata de reconducirle por el camino de la sensatez. Y por último, procedente de las tinieblas, un solitario y descreído ciego en busca de un lazarillo que le lea, un anacrónico recitador de viejos romances que parece haberse escapado de una novela picaresca para reaparecer en los túneles del Metro, variopinto micromundo suburbano y moderno miniteatro de la vida.

Tan sólo nos faltaría, como en las grandes tragedias griegas, el coro. Pero Emilio Pascual ha pensado en un coro especial para su novela, un coro majestuoso, inmortal e interminable, compuesto por cantores tan dispares como Saint-Exupéry y su Principito, Baroja y su Árbol de la Ciencia, el ciego Homero y su Odisea, el ciego Borges y su laberíntica obra, Buero Vallejo y su ciego personaje de El concierto de San Ovidio, el anónimo Lazarillo de Tormes con su ciego incluido, don Miguel de Cervantes y sus hijos (Don Quijote y Sancho Panza), Mark Twain y los suyos (Tom Sawyer y Huckleberry Finn), El Barón rampante y su padre (Italo Calvino), y muchos otros padres con sus hijos literarios (Matar un ruiseñor de Harper Lee, Los novios de Manzoni, El viejo y el mar de Hemingway, Canción de navidad de Dickens, El lobo estepario de Hermann Hesse, La peste de Camus, El conde de Montecristo de Dumas, el Hamlet de Shakespeare, la Divina Comedia de Dante…) Incluso Bambi, el cervatillo de padre también ausente, tiene cabida en este coro, junto a los demás componentes que quedaron en el tintero o que el lector desee incluir, todos ellos dirigidos por Calderón de la Barca y su Gran Teatro del Mundo.

Del buzón del protagonista, convertido en zapato mágico, irán apareciendo día a día, en forma de regalos de Reyes, toda esa coral literaria para inculcarle la pasión por los libros (que, «como el amor, no puede ocultarse») y el poder recreador de la lectura. Es así como Días de Reyes Magos responde por partida doble al modelo de la novela de iniciación o aprendizaje, pues el joven Uli aprenderá a rendir pleitesía a dos amadas que, en realidad, vienen a ser el mismo amor indisoluble: la literatura y la vida.

Mediante el recurso del narrador-personaje que cuenta desde la serena madurez lo sucedido hace muchos años durante su turbulenta juventud (piénsese en el narrador de El nombre de la rosa, libro injustamente olvidado aquí por el autor, pese a contener otro ciego inolvidable), la novela irá destilando gota a gota una prosa bien medida, culta pero no oscura, discretamente adornada con una fina ironía y esas leves pinceladas sarcásticas que conducen, sin duda, a la herencia paterna del protagonista, a ese padre que vivió en carne y hueso el personaje de la novela que jamás llegó a escribir. Y esa misma contención estilística se aplicará al sorprendente y dramático desenlace de esta historia, logrando sustituir el mal sabor de boca que dejaría en el lector un amargo melodrama por un final entre interrogantes, de regusto dulce y angelical.

Mención aparte merecen, por un lado, las ilustraciones de Javier Serrano (que tan bien se prestan, con su aspecto pedregoso y su juego de volúmenes, a la representación de ese tridimensional teatro del mundo) y, por otro, el impecable romance intercalado en el capítulo 7, verdadero homenaje a la intertextualidad practicada por el propio Cervantes en El Quijote y, a la vez, insuperable ejercicio de síntesis poética de su imperecedera obra.