Versos que el viento arrastra

Ayer me vino a agitar el pensamiento este ventarrón de versos de Karmelo C. Iribarren, ilustrados con total originalidad por Cristina Müller. Trae mucha greguería con su toque de epigrama. Pildorazos de agudeza con algún que otro pinchazo en lo más hondo (pero “sin ponernos muy muy tristes”), confrontados uno a uno con la poética visual de las ilustraciones.

Publica la recién nacida editorial argandeña El Jinete Azul, que viene avalada por la experiencia y maestría de Antonio Ventura, junto a otros veteranos compañeros.

Y como muestra, este botón, con su correlato gráfico igualmente epigramático y minimalista, tomado del propio blog de la ilustradora:


Las bicis quietas

Esas bicicletas

aparcadas

en la calle

en línea

una al lado de la otra

parecen vendedoras de kilómetros

que nadie compra.

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Tres poemas inéditos

Mi amiga y colega Sàlvia, con sensibilidad y tesón a partes iguales, se ha convertido en la mejor especialista en poesía infantil y juvenil en los medios virtuales. A la derecha, en los sitios a donde voy, pueden consultar su blog. Está escrito en una lengua diferente a esta en la que escribo, diferente pero hermana. No es difícil entenderla, aun sin conocerla. Inténtenlo.

Ahora a Sàlvia-Mª Dolors le han encargado un artículo sobre la presencia de la poesía infantil y juvenil en Internet, que pueden leer aquí, donde se queja, no sin fundamento, de que algunos poetas infantiles guardamos celosamente nuestros versos para los editores de papel (quienes, por otro lado, raras veces se interesan por la poesía infantil) y no aprovechamos las indiscutibles ventajas de la publicación virtual, que es siempre (o de momento) gratuita, directa y de alcance universal.

Amiga y colega: recojo tu queja. Allá van tres poemas de un poemario inédito que titulé Balada del niño herido:

PURA DIABLURA

Un ángel bajó del cielo
cuando la tropa dormía:

«Despierta, niño de espuma,
y coge la mano mía,
que quiero enseñarte un juego
antes de que llegue el día.»

Un batallón de luceros
ilumina la partida,
y la luna capitana
guiña un ojo, divertida.

Treparon a los balcones,
rastrearon las celosías,
usurparon los jardines,
trajeron la flor herida.

Pura diablura en la noche,
tierno clavel aún con vida,
que en el fusil del soldado
estalla en roja alegría.

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CABELLO DE ÁNGEL

Gemía el niño
de madrugada
—los ojos dulces,
la boca amarga,
vacío el vientre,
repleta el alma—
y vio que el ángel
de piel de nata
con voz de brisa
le preguntaba:

«¿Quieres probar,
niño, mi blanca
melena suave
y entrelazada
hecha de azúcar
y calabaza?»

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NANA DE LA NADA

Ea, ea, mi niño,
gusanito de seda,
en tu cuna de nada
descansa y sueña.

Con retales de sombra
y remiendos de ausencia
va tejiendo el soldado
su doliente bandera.

Ea, ea, mi niño,
pajarillo de niebla,
en tu nido de nada
descansa y sueña.

Con la herrumbre del odio
y oxidadas miserias
han forjado los hombres
una gruesa cadena.

Ea, ea, mi niño,
sol de la nueva era,
en tu nube de nada
—gélida almohada—
descansa y sueña.