El hombrecillo de la lluvia

El blog no trata de especializarse en hombrecillos, pero resulta que este texto de Gianni Rodari, muy divertidamente ilustrado por Nicoletta Costa, ha venido a mí en la biblioteca donde trabajo (uno alberga la sospecha de que a veces sienten que los necesitas, y si tú no vas a ellos, te vienen a buscar).

Puede que el adulto que lea este álbum ilustrado de pequeño formato se quede con las ganas de más, que eche en falta algún otro ingrediente en el relato, alguna nueva peripecia que haga evolucionar la historia de este particular hombrecillo de las nubes. Pero la exclamación final del cuento imposibilita toda evolución, a menos que entendamos como tal el eterno retorno de lo idéntico. En todo caso, Rodari podría haber objetado: “Pues adelante, dele usted al magín, añádale los ingredientes que quiera o invéntese una nueva receta”. Así de generoso con sus creaciones (casi siempre, esbozos abiertos a la continuación o a la reformulación) era el autor italiano, porque entendía que no es necesario ser un habilidoso y entrenado artista de la palabra (“nunca ser esclavo de ella”, solía decir) para manejar la gramática de la fantasía.

Menos probable es que el niño que lea o escuche este cuento quede decepcionado. De entrada, la fórmula de apertura (“yo conozco a…”) es completamente subyugante, busca la aproximación inmediata y contemporizadora, en clara oposición a las ancestrales fórmulas de imprecisión espaciotemporal típicas del relato maravilloso (aunque el cuento tiene mucho de tradicional, en cuanto explicación “mitológica” de un fenómeno natural).

Una vez conseguida esta atmósfera de cotidianidad, había que buscar rápidamente el extrañamiento, y para ello qué mejor que recurrir al célebre binomio fantástico rodariniano, que en este caso quizá fue un trinomio: hombrecillo + nube + grifo. A buen seguro (lo corrobora alguna experiencia relatada), el niño receptor de este cuentecillo se mostrará orgullosa y risueñamente incrédulo ante la disparatada combinación de los dos últimos elementos. Menos impresión, en cambio, le causará la suma de los dos primeros: al fin y al cabo, gente que está en las nubes no nos falta en la vida real. Por fortuna, me parece.