El herbario de las hadas

Cae en mis manos este álbum ilustrado de Edelvives en gran formato y lo primero que me cuestiono es si es un libro para niños, o dicho de mejor manera, para todo tipo de niños. Escrito por Benjamin Lacombe y Sébastien Perez, e ilustrado también (y tan bien) por el primero, asistimos a la supuesta reproducción del supuesto diario de campo de los supuestos descubrimientos antropozoobotánicos del legendario Aleksandr Bogdanovitch, junto con las cartas (estas sí parecen asombrosamente fidedignas) que envió y recibió durante su misión inacabada en el bosque de Broceliande, en la Bretaña francesa. Toda esta historia, hecha de la materia de la que están hechos los sueños, es para restregarse los ojos al acabar de conocerla y admitir el gusto de los grandes imperios por intentar vestirse siempre, después de la dominación sangrienta en el terreno, con unas alas mágicas para la elevación ultraterrena. El imperio en cuestión, que suelta ya sus últimos coletazos, es la Rusia del zar Nicolás II; y el vuelo hacia la eternidad es empresa, como no podía ser de otro modo, del mítico Rasputín.

Rasputín, quien probablemente tenía menos de loco que de perverso embaucador, al frente del Gabinete de Ciencias Ocultas, quiere para mayor gloria imperial un elixir de la inmortalidad, y en él viene trabajando nuestro amigo Bogdanovitch. De la Selva Negra nada obtiene Aleksandr, por lo que acude al bosque de Broceliande, famoso por su riqueza botánica y sus leyendas igualmente jugosas. Y allí, a solas con las ánimas del bosque, comprenderá en sus sueños de vigilia “muchas cosas que escapan a los que sueñan de noche”, según la cita de Poe que inicia este hermoso y desasosegante libro. Poco a poco, el lector acompaña al botánico ruso en su proceso de simbiosis con esa naturaleza mágica que pretende clasificar, hasta hallar la felicidad en lo que quienes esperan su regreso tan solo ven infierno y locura.

Pero habrá que hablar más del libro. La cubierta amplía en primer plano el detalle de una carita muy dulce, de rasgos sospechosamente eslavos (“el clavel-reina me recordaba a mi hija”, dice en un momento el trasunto de Bogdanovitch), que no anuncia por ninguna parte el delirio bello y terrorífico que esconden las páginas interiores. Tras las dos primeras especies, puramente botánicas, se pasará pronto a un espécimen que ya es mímesis zoológica (aunque más bien antropomórfica) de la planta en la que habita. Y a partir de ahí, el catálogo es tan fascinante como inquietante, con engendros de muy diversa y entretenida factura: unos más asustadizos, otros más cordiales y alguno que otro directamente agresivo. Como las personas, poco más o menos.

El final de la historia, donde intervendrán también la esposa y la hija de Bogdanovitch, junto con el testimonio de la vieja herborista del lugar, Léopoldine Nerguelec, nos lo cuentan los autores con un collage de recortes de periódicos. Pero yo no diré nada, para que a quien no se haya acercado a la obra le entren ganas de adentrarse hoy, bien despierto, en este antiguo e inconcluso sueño.

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La caricia de la mariposa

Frente a propuestas mucho más descarnadas (y no pretendo hacer un chiste con el adjetivo) de abordar el tema de la muerte en el álbum ilustrado (pienso, claro, en El pato y la muerte de Wolf Erlbruch, que a mí me resulta extremadamente tétrico), Christian Voltz opta aquí por la visión amable, entrañable, simpática y hasta humorística, construyendo en La caresse du papillon una historia que respira vida (y no es paradoja) por todos los poros de la tierra.

En realidad, estoy pensando ahora que la comparación no es válida. En el álbum de Erlbruch, la muerte es el tema y es el personaje. En el de Voltz, la muerte no es el tema, la muerte ya sucedió, es el antecedente de la historia. De lo que nos habla, de lo que les habla a los niños, es de la presencia en espíritu de los ausentes queridos: una presencia viva, cercana, colaboradora (o divertidamente restrictiva: nada de vino mientras se trabaja) y siempre suave, como caricia de mariposa, sólo perceptible a los seres sensibles.

Y toda esta carnalidad, esta calidez, la consigue el creador francés con su técnica habitual, que en principio podría parecer fría. Se trata de fotografiar unas composiciones realizadas por medio de alambres y trozos de madera carcomida para delinear los cuerpos; de ojales y arandelas (qué mejor) para los ojos; de utensilios metálicos oxidados transfigurados en otra cosa (un tenedor para rastrillo, un candado para regadera…); y de trocitos de tela para los detalles más sutiles: el vino (que yo, si fuera el nieto, devolvería al pobre abuelo) y las alas de la mariposa, personaje mágico de ultratumba que actúa como nexo entre el mundo de los vivos y el de los que no quieren vivir por siempre bajo tierra, con los gusanos y las lombrices, con el miedo que dan esos bichos…