Prohibido no leer Prohibido leer a Lewis Carroll

Prohibido no leer esta reseña que prohíbe no leer Prohibido leer a Lewis Carroll.
La prohibición, como recurso literario, no tiene rivales a la hora de atrapar y encandilar a jóvenes lectores. Las famosas etiquetas de CÓMEME y BÉBEME en la Alicia de Lewis Carroll funcionan exactamente igual a la inversa: NO ME COMAS, NO ME BEBAS, NO ME LEAS… Desde que el mundo y la literatura existen, esto no son más que invitaciones a la trasgresión como vía iniciática al conocimiento.
Diego Arboleda parte de su admiración por lo prohibido y por el absurdo (que no deja de ser una forma prohibida, trasgresora, de entender la lógica del mundo) para hilvanar, junto al ilustrador Raúl Sagospe, la mejor de las historias pergeñadas hasta el momento por este tándem creativo.
El libro que prohíbo no leer en la reseña que prohíbo no leer va sobre un libro que se prohíbe leer a un personaje inspirado en una persona que inspiró un personaje del libro que se prohíbe leer, persona que en el libro que prohíbo no leer se convierte a su vez personaje. Absurdo, ¿no? Vale, para los amantes del aburrido nonnonsense lo explicaremos así: Prohibido leer a Lewis Carroll (Premio Lazarillo 2012) va de una niña a quien le prohíben el amor, y esto sí que es un verdadero sinsentido, el mayor disparate. Amar desde la imaginación, que es una forma muy bonita de amar.
Los personajes del libro, por otro lado, superan al argumento: está su señor amorsado, pero de dientes romos; su señor hiperglotón, pero espigado trepaparedes; su señor portando un bebehuevo en su carrito…; y una entrañable institudesastridisimulatriz. Tienen todos su toque roaldahliano de exceso hiperbólico, salvo quienes no deben tenerlo: el doble personaje principal de Alice chica y Alice grande, y otro personaje, esta vez masculino, que en su tiempo fue también persona que inspiró un personaje (de nuevo, la lógica del absurdo).
Tan solo una pega le pongo al libro: al tándem Arboleda-Sagospe le encanta la acción (y en este caso, usando como personaje a una institudesastriz, la precipitación), pero se echa de menos algún que otro remanso de paz en una historia que, a mi entender, lo pide; no recuerdo, en este sentido, haber visto mucho en el libro al pretérito imperfecto (“pues así de perfecto -me diréis- es nuestro estilo narrativo”), aunque tal vez los fue robando poco a poco un conejillo blanco en varias de sus (des)apariciones.
Si el punto de partida de este libro es el absurdo de prohibir el absurdo, el punto de llegada es lo fantástico de no prohibir la fantasía. Y lo mejor de todo es que la fantasía, hija de la imaginación, corretea igual de contenta en las páginas de un libro que en el reflejo de unos viejos ojos vivos. Y ahora me descuelgo de la lámpara y me voy a comer un huevo. Doble parpadeo y punto final.
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