Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar

 

historia gaviotaPese a que la colección Andanzas de Tusquets se viene ocupando claramente de la narrativa para adultos, es necesario reivindicar como novela juvenil este relato ecológico-poético del escritor, periodista y activista chileno Luis Sepúlveda (por cierto, molesta ver cómo unos diccionarios entienden activista simplemente como ‘agitador político’ y otros lo definen como persona que, amparada en el grupo, usa la violencia para defender fines sociales, políticos, etc.; nunca he visto, en ese sentido, una definición de Estado que dijera algo así como ‘entidad político-administrativa legitimada para usar la violencia en aras del progreso, la justicia social, etc.’).
Ya desde los primeros capítulos, el tono y la manera de articular la historia, así como el tipo de personajes (sin ser estrictamente de fábula), nos acercan no sólo a la literatura juvenil sino incluso diría que a la infantil. Quedémonos, en todo caso, con la indicación del propio autor en el subtítulo: “una novela para jóvenes de 8 a 88 años”. Porque en realidad esta novela breve o cuento largo, embellecido con los delicados dibujos de Miles Hyman, fue una promesa de Luis a sus hijos para que entendieran hasta qué punto puede ser dañino el ser humano con el entorno que habita, ya sea por egoísmo, por negligencia o por simple estupidez.Sin embargo, esa diferencia entre el mundo animal (más noble, más limpio, más digno, más sencillo) y el mundo humano (impuro, sucio, mezquino, complicado) no es aplicable en todos los casos. Por eso aquí aparecerán también humanos que son buenos y animales que son malos. Y será precisamente un ser humano dotado para la sensibilidad, un poeta, quien hacia el final de la historia comparta protagonismo con ese entrañable quinteto de gatos, padres adoptivos de un polluelo de gaviota a cuya madre asesinó la peste negra de nuestro tiempo.

Zorbas (el gato grande, negro y gordo), Secretario (el gato romano y flacucho), Colonello (el gato viejo y consejero), Sabelotodo (cuyo nombre lo dice todo) y Barlovento (un auténtico gato de mar) no son en sentido estricto, como se dijo, los típicos personajes de fábula, a pesar de que dominen el lenguaje de los humanos y sepan manejar enciclopedias. Son verdaderos gatos, que se rigen por un código de conducta basado en la nobleza, la bondad y el amor, cualidades que son hijas de la madre sabiduría y que nos serían muy útiles a todos (humanos, gatos o chimpancés bebedores de cerveza) para vivir en un mundo algo mejor.

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11 comentarios en “Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar

  1. Me alegro, Enrique, que aparezca un libro que, cuando lo leí, me impresionó por la humanidad que rezuma todo él. Un libro inteligente, que huye de maniqueísmos entre buenos y malos absolutos. Verdadera literatura sin adjetivos pero que está muy bien reivindicar como juvenil para que se fundan ciertos conceptos y pongamos la raya simplemente en la capacidad para comprender lo bueno, sin más, lo que sirve para reflexionar, lo que es literatura por encima de todo, para dejar patente cierto papel a desempeñar por los poetas y que nos sirve para formar lectores. Siempre he dicho que la poesía no se enseña, se filtra, se contagia, se comparte, pero lo que sí está en manos de los mediadores y mediadoras es la capacidad de formar lectores exigentes. Sé que es difícil, mas esa debe ser la dirección. Los buenos lectores se forman y necesitamos mucho de ellos, si queremos una sociedad más culta, libre y más justa, creo que la literatura, en general, y la poesía en particular tienen mucho que aportar.
    Bicos, versos e boa lectura dende unha Galicia moi fría.

  2. La trascendencia del mediador no voy a ser yo quien la desprecie, siendo la educación literaria de los niños lo que precisamente guía este espacio. Desde luego, buenos libros hacen buenos lectores (y puede que en ocasiones, pero no necesariamente, ciudadanos más libres y más justos) y malos libros hacen sin duda muy buenos “leedores”.

    • Muy buena la diferencia entre lector y “leedor”. Cuando hablo de libertad y justicia, lo hago con las reservas necesarias, pues sé bien que es más un deseo que una realidad. De todas formas, un lector que entiende el sentido de lo que lee, que hace suyo el espíritu, que “vive” situaciones ajenas como propias, que juzga actitudes de los personajes, que es capaz de llevar el discurso poético hacia su propia intimidad, que se emociona, que se hace cómplice de lo escrito…¿no piensas que es un poco más libre? Hablo de esa libertad que te permite tomar decisiones por ti mismo, que te permite equivocarte para rectificar, que te anima a encontrarte en un mundo difícil, que te hace poner por escrito lo que a menudo no te atreves a decir…no sé, yo creo que te libra de ciertas ataduras. Y puede, no siempre, claro, que te ayude a ver la vida desde una perspectiva más amplia, menos condicionada, más abierta. Así es como veo yo lo de “más libre y más justo”. No soy ningún ingenuo para creer que la buena literatura hace milagros. No creo en ellos.Pero enriquece muchísimo en la evolución de los jóvenes, en su formación y en la posibilidad de que asuman actitudes éticas. No es una medicina. Es una ayuda extraordinaria en una sociedad que carece de referencias positivas demasiadas veces.

  3. Qué bien que se establezca este debate, o diálogo, o como lo queramos llamar. A mí, Antonio, lo que me fastidia es que se ponga en un pedestal al libro y a la lectura porque sí, que valga cualquier libro, cualquier manera de leer (y qué harto estoy de escuchar eso; pero me toca: trabajo en una biblioteca pública). Me fastidia, sobre todo, porque sé que todo lo que dices vale para determinados libros (que son infinitos, claro) y afecta a determinadas personas (que ojalá fueran también legión). Lo que cuentas (y lo cuentas muy bien) es precisamente lo que a ti, a mí, a quien está al otro lado leyéndonos nos ha pasado y nos ha de seguir pasando con un buen libro en nuestras manos: la mente se expande y uno se siente pleno, vigoroso; o emocionado, conmovido; feliz, o consolado en su infelicidad, cuando conecta con la historia, con la atmósfera, con los personajes, con la palabra poética.
    Pero todo eso no lo da sólamente, ni necesariamente, un libro. Sí lo da siempre la vida, en general y en particular: la nuestra como experiencia individual y la de los que vamos conociendo, que nos enriquece (o nos perturba, nos apoca, nos agrede); la de nuestro entorno y la que sentimos, tan diferente pero tan igual, cuando viajamos a otras tierras. También la literatura, claro está, es un viaje. Tambien detrás de los personajes se esconden, nadie lo duda, personas. Y es importante que se nos eduque a saber leer, pero como una forma más de saber vivir.

    • De pedestal, nada. Y claro que no vale cualquier libro. De ahí la importancia de hacer buenos lectores. Ahora bien, yo he mantenido siempre que lo que enriquece de verdad es la variedad de experiencias que los chavales han de tener. Digo, también, que me preocupa igual un niño o niña que no lea que otro u otra que solo lee. Yo creo en el deporte bien entendido ( a mí me ayudó muchísimo), en la música ( aprendí a conocerme mejor a través de ella y a rebelarme contra una educación muy conservadora en una época gris-tirando-a-negra que me tocó vivir.Ya soy algo mayor), en las conversaciones, en los viajes, en el buen cine… Claro que la lectura es una actividad muy importante, pero no la debemos “sacralizar”. Juega un papel básico, crea referencias pero no puede estar alejada de la vida. No puede ser una forma de escapismo, sino un complemento vital, un refuerzo para afrontar retos como otras opciones, ciertamente necesarias. Yo concibo literatura y vida de manera indisociable. Que acerque vivencias. No creo en los compartimentos estancos. Pienso, Enrique, que no estamos debatiendo. Creo que pensamos básicamente lo mismo, aunque lo digamos de manera distinta. Siempre he pensado que la literatura ha de enseñar a vivir, que esa puede ser una de sus funciones -a mí la que más me interesa- y que nunca se debe acercar uno a un libro sin el convencimiento de que te va a aportar herramientas para ser más consecuente con uno mismo en una sociedad demasiadas veces agresora, materialista e individualista. ¡Ojo! que tampoco voy de derrotista,¿eh? Así que creo que dialogamos. El debate, tal como lo veo yo, estaría algo descafeinado pues existen demasiadas coincidencias en nuestros respectivos discursos.

  4. Coincidimos porque comprobamos a diario (en nosotros y en los otros) lo poderosamente enriquecedora que es la experiencia de la lectura (de buenos libros, hay que insistir en eso). Pero siempre he entendido y reinvindicado la literatura (en su doble dirección: como uso creativo y como disfrute recreativo de la palabra literaria), mi amada literatura, como un acto absoluto de libertad. Pero no libertad como concepto asociado a justicia. Hablo de libertad como acto individual no sujeto a condicionamiento alguno, ni siquiera moral (pero, ¡cuidado!: sí sujeto a consecuencias). A partir de ahí, los caminos a tomar son divergentes: está el que une literatura y vida, formando un cuerpo único; o el del compromiso cívico; pero está también el de la evasión, el del goce sin más; y hay quien incluso opta por la agresión, y no deja de hacerlo con una exquisita sensibilidad artística.
    En cuanto despegamos de la literatura y la lectura ciertas etiquetas éticas, afloran (como pasaba con humanos y animales en la novela de Luis Sepúlveda, por recuperar de algún modo el hilo) los sujetos paradójicos del buen lector malo y el mal lector bueno.
    Lo que consuela, y enorgullece, es que quienes aquí dialogamos venimos paseando por la misma senda; si no, no nos habríamos encontrado.

  5. Enrique:

    Soy Antón, el hijo de Antonio García Teijeiro, y anoche estaba hablando con mi padre a través de Skype (es el medio de comunicación más directo y barato cuando la distancia física que nos separa comprende todo un océano) y me habló de tu blog y del diálogo que en él ha surgido entre vosotros dos. He estado leyendo tus entradas con atención y, en primer lugar, me gustaría felicitarte por tu labor en pro de la buena literatura infantil. Desde ya, te diré que coincido, a grandes rasgos, en la mayor parte de lo que tan acertadamente expones en tus posts.

    Si me permitís inmiscuirme en vuestro interesante diálogo por un instante, añadiré que estoy de acuerdo en que la literatura debe ayudar a la formación del lector como persona, y ése debe ser uno de los objetivos con los que cualquier persona debe acercarse al libro. Pero para ello es necesario que exista un mediador, alguien que provoque que el niño o el adolescente se emocione con la palabra escrita. En mi caso, sin duda alguna, mis padres ejercieron esa labor mediadora (crecer en una casa con unos quince mil libros en sus estanterías facilita las cosas enormemente cuando uno anda en busca de referencias lectoras…) y me considero extremadamente afortunado por ello, pues creo que en el hogar es donde esta labor mediadora debe tener lugar, ayudada y complementada –claro está– por el espacio escolar. Como tú, Enrique, yo creo que la buena literatura (como el buen cine, la buena música, el buen teatro, etc.) puede ejercer varias funciones diferentes, que generalmente pueden ser vistas como complementarias. En una de tus entradas en el blog dices que la literatura como escapismo no es ningún delito, y creo que estás en lo cierto: la literatura puede jugar ese papel y ello no debe ser un problema, pero creo que el lector inteligente lee también para formarse, para aprender a pensar y refexionar, y eso es lo que hace la literatura algo tan mágico y especial. Por ejemplo, el clásico A Christmas Carol, de Dickens (que yo releo todas las Navidades), puede leerse como un cuento moralista, como un relato didáctico o como un viaje a un mundo de fantasía en el que uno es visitado por fantasmas, entre muchas otras opciones. Pero yo creo que estas tres opciones que yo señalo pueden ser perfectamente complementarias, con lo cual la lectura se enriquece. Pero para ello, es fundamental que el mediador eduque al lector, y eso es algo en lo que trato de esforzarme día a día en mi calidad de profesor de lengua y literatura españolas en la pequeña universidad de Rhodes College, en la ciudad estadounidense de Memphis.

    De nuevo, un saludo transatlántico lleno de cariño y felicitaciones!

    Antón García-Fernández.

  6. Sorprendido estoy de que una conversación familiar lleve a mi hijo a interesarse por tu blog, Enrique. No me extraña porque es un blog dinámico, bien estructurado y que intenta establecer un diálogo constructivo entre los que amamos la literatura y, en especial, la poesía tan abandonada a la hora de la lectura en escuelas, bibliotecas, talleres etc. Pero me sorprende que haya entrado y se haya implicado en la conversación. Bueno, pues ya está alguien que se emociona con la música y la literatura en estas lides. Yo me sigo reafirmando. Solo (ya veis, sin tilde, como manda RAE, ejem…) un punto: no me gusta nada la literatura como ESCAPISMO de la realidad. Escaparse, esconderse, refugiarse detrás de un libro, no va con mi idea de que la literatura está viva y es una de tantas herramientas para reflexionar, para actuar, para agarrarse a su espíritu enriquecedor etc., mas no para huir y renunciar a afrontar realidades que no nos gustan. Por eso me encanta Fernando Alonso (el escritor, claro) que propone en sus libros razones, a través de la literatura, para entender mejor los símbolos de una sociedad que necesita actividad, dinamismo y razones para hacerla (o ayudar, tiene que ser entre todos) mejor. Una cosa es leer libros de “evasión”, intranscendentes, para pasar el rato (yo no estoy por ello, pero lo respeto) y otra, bien distinta, es refugiarse y renunciar a la acción. Bueno, no quisiera repetirme. Gracias por vuestra paciencia. Apertas dende Galicia y punto final.

  7. ¡Más sorprendido estoy yo! Antonio y Antón: gracias, amigos, por llegar hasta aquí para charlar conmigo. Por cierto, Antón: pincho en el enlace de tu nombre y me aparece un espléndido blog sobre el fado. Y me fijo entonces en la divertida coincidencia de la entrada más reciente: un señor que se apellida como yo (en su versión galaico-portuguesa) y que cultivó una variante jocosa y humorística (supongo que también irónica) del arte que practicaba.
    Caminamos, como dije, por la misma senda, independientemente de lo que cada uno hacemos. Si no creyera en el valor social y educativo de la literatura, no existiría este espacio. No admito por eso (como tampoco, seguro, lo admitís vosotros) que se disfrace de literatura lo que carece del único valor realmente exigible, que es el literario. En cuanto al arte como evasión, el arte por el arte, o como lo queramos llamar, es una opción lícita y que, literariamente, también educa; pero como expliqué, los actos de libertad están exentos de condiciones, no de consecuencias. Y las consecuencias de una literatura que persigue, amén de lectores competentes, la formación de mejores personas, cuando se alcanza ese objetivo, se traducen sin duda en un mundo mejor.
    ¡Un fuerte abrazo a los dos!

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